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Jueves 24 de agosto de 2000
TEATRO: CRITICA
Entre la belleza y el horror
Se estrenó Monteverdi Método Bélico, una notable y rigurosa realización
del Periférico de Objetos y el Ensamble Elyma que se ofrecerá aquí
en nueve únicas funciones, antes de partir en gira internacional.
OLGA COSENTINO.

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HUMANOS Y REPLICANTES. Todos son sujetos del
dolor y la belleza.
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Asociar un experimento teatral con un género tan sujeto a
convenciones estéticas como la ópera parece temerario. Pero conseguir
que ambos lenguajes dialoguen, confronten y se iluminen recíprocamente
hasta dejar expuesto lo mejor y lo peor de sus mutuos significados
como ocurre en Monteverdi Método Bélico (M.M.B.) es una cima
artística a la que sólo se asciende con una cuota tan generosa de
talento como de coraje.
No se trata de un espectáculo complaciente con los espectadores
y mucho menos con los músicos, cantantes y actores involucrados.
A los primeros se los enfrenta con algunos de los más amargos fracasos
del último siglo: desde la inutilidad de la sangre derramada en
guerras y revoluciones hasta la utilización de la ciencia y la tecnología
con fines o consecuencias monstruosos, pasando por la impotencia
y la frustración en el campo de la sexualidad y del afecto. Asimismo,
se obliga al público a una fractura en su percepción: escuchar por
una parte los bellísimos madrigales barrocos de Claudio Monteverdi
y Sigismondo D''India, exquisitamente ejecutados y cantados por
el ensamble dirigido por Gabriel Garrido y, simultáneamente, asistir
a una exposición dramática de la decadencia, la fealdad, la miseria
y la crueldad contemporáneas.
Los lenguajes musical y teatral se integran y colisionan constantemente
produciendo tensiones y estallidos de una eficacia poética asombrosa.
Mientras músicos y cantantes hacen lo suyo en el foso de la orquesta
y el proscenio, un grupo de actores (humanos y no humanos) se mueve
en una suerte de horizonte acotado, en el fondo del enorme escenario
de la Sala Martín Coronado y, apelando a un tercer discurso, una
pantalla proyecta imágenes de la película Una noche en la ópera,
de Los hermanos Marx, llevando el absurdo a un desborde que abarca
tragedia y ridículo. Algunos personajes trabajan activamente, otros
esperan sentados su turno, todos parecen estar sometidos a un mandato,
aunque no se sabe quién lo detenta. Todos obedecen pero a algunos
esa obediencia les cuesta más sufrimiento que a otros.
Hay una madre (Ana Alvarado) que por serlo está obligada a pasear
en un cochecito a su hijo que es... un mutante de enorme cabeza
que balbucea y revolea los ojos desorbitados. Una anacrónica pasionaria
(Julieta Vallina), de dicción hispana, grita proclamas republicanas,
recurre a un viejo reproductor de casetes para recordar canciones
de la Guerra Civil Española y es acallada una y otra vez por otros
personajes. Entre los encarnados por personas, los hay que ofrecen
una entrega física y psíquica conmovedora, como es el caso de Felicitas
Luna y Emilio García Wehbi.
Hay personajes animados por muñecos de tamaño natural cuyos cuerpos
heridos cuelgan cabeza abajo, y otros que, dotados de movimiento
automático, reproducen posiciones y contracciones musculares propias
de la cópula sexual. Estos últimos, junto a dos actores, consuman
una de las escenas más desgarradoras del espectáculo, en la que
unos y otros intentan una y otra vez un encuentro amoroso que se
revela imposible.
La fuerza expresiva de los muñecos —cuya utilización ha perfeccionado
el Periférico desde sus primeras experiencias— alcanza aquí significados
inéditos en la historia del grupo. Una de las secuencias finales
recrea la intervención quirúrgica de un supuesto equipo de cardiocirujanos
que abre el pecho del paciente y lleva a cabo con una frialdad sobrecogedora
cada uno de los pasos de la operación, mientras un técnico (Guillermo
Arengo) enfoca su microcámara y proyecta las cruentas imágenes en
una pantalla. La indiferencia frente al dolor del otro, la aberrante
invasión de los cuerpos sin defensa y la progresiva pérdida de la
capacidad de compasión como consecuencia del distanciamiento que
provoca la imagen en una pantalla, son referencias a una realidad
con que se convive cotidianamente. Pero que el espectáculo amplía
con la rotunda precisión de un microscopio.
Merece destacarse el nivel de compromiso en la interpretación actoral
de los cantantes, los músicos y el mismo director musical. A diferencia
de lo que ocurre en la ópera tradicional y aun en otros espectáculos
de teatro musical, aquí todos aportan nervio y convicción al discurso
total del espectáculo. Y lo dicho no es sólo una cuestión relacionada
con el manejo de los recursos histriónicos sino con el coraje de
asomarse a una refutación misma del arte. Una de las últimas escenas
es definitoria en ese sentido: del interior del pecho del paciente,
los médicos (Jorge Sánchez y García Wehbi) extraen un corazón sangrante
(un auténtico corazón porcino) y lo ofrecen al cantante que entona
¿Dónde, ay de mí, quedaron los restos del cuerpo bello y casto?".
Este lo recibe indiferente y sigue concentrado en la bella emisión
sonora de su garganta. El divorcio entre la belleza del arte y la
fealdad y el dolor reales es una imagen de intensidad dramática
pocas veces lograda.
Lo alcanzado por el Periférico de Objetos y el Ensamble Elyma es
una conjunción que trasciende los objetivos estéticos para plantear
interrogantes que desestabilizan la conciencia. El mayor logro de
esta reflexión escénica tal vez pase por la audacia de haber puesto
en suspenso la validez de casi todas las certezas.
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